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2022-05-16 18:00:29

POR LA PAZ SIEMPRE.

La ciudad de La Paz, conforme el censo de 1900, tenía 60.000 habitantes. Pero a fines de abril de 1920, contaba con 78.856 habitantes, según el censo de 1909. Se dijo entonces que, por la inmigración creciente y considerable, el aumento vegetativo se podía calcular en más de 100.000 habitantes. Ello tomando en cuenta, básicamente, el radio urbano, fijado por la Municipalidad de 1918.

Asthenio Averanga Mollinedo, en su libro “Aspectos Generales de la Población Boliviana” (1956), sostiene que la capital del Illimani registraba una población de 115.440 habitantes, en 1920. He ahí la diferencia que se advierte, y que no es abismal, entre aquélla y esta apreciación numérica.

Así ha crecido la ciudad de La Paz. Desde la humilde choza, hasta edificios de 150 metros de altura. La cifra estimativa de su población ahora sobrepasará, posiblemente, el millón. El censo venidero dirá su última versión.

La actividad minera, en esta región andina, se inició a partir de 1895, aproximadamente. En consecuencia: La Paz contribuyó al engrandecimiento nacional, con los impuestos que generaba ese rubro. Algunas de sus empresas que explotaron el estaño, en particular, y que lograron prestigio nacional e internacional, a principios del 900 del siglo pasado, son: Huayna Potosí, Milluni, Kala Uyu, San José, La Concordia, Encarnación, The La Paz Mining C°. Limited, International Mining Company, El Carmen, Ayllaku, Kaluyo, Providencia, San Francisco, Concepción, Araca, Esmeralda, San Andrés, Mercedes, Monte Blanco, Mallachuma, La Lealtad, Colquiri, La Cordillera, Gaviota, Huallata, Santa Rosa, Mukden, La Bastilla, Japa Jopo y tantas otras más. He ahí el aporte paceño al progreso del país. Es indiscutible. La Paz no solo ha coadyuvado con la sangre de sus hijos, sino económicamente, como se ha visto, al anhelado progreso nacional, en el proceso republicano inaugurado en 1825. Y todavía lo hace, en el marco de sus posibilidades, en el Estado Plurinacional.

Nos gusta llamarla nuestra querida “Hoyada”, la “Ciudad Maravilla”. Porque aquí nacimos, crecimos y estamos con un pie en el estribo, para emprender el viaje, sin retorno. No es regionalismo, en absoluto, sino el amor y cariño que tenemos, a la tierra que nos vio nacer, nos cobijó y nos tolera aún. Por ahí alguien, como nunca falta, nos dirá, “los kollas”. Eso es lo de menos. Lo importante es que somos parte de la gran familia boliviana. En ese contexto siempre hemos alentado la unidad, con base en la integración oriente – occidente.

Acá se ha escrito la mayor parte de la historia del país, porque siempre ha sido el epicentro de la política. La Capital que marcaba y todavía marca el rumbo del destino nacional. El Palacio Quemado es el mudo testigo de la tragedia política. Un antiguo edificio salpicado con la sangre de sus principales servidores públicos. Sus calles vieron caer a muchos paceños, bajo la metralla de quienes se creían dueños de Bolivia. Ha resistido, en el pasado inmediato, a las hordas que pretendieron incendiarla. Ha visto, asimismo, la huida de algunos gobernantes.

En suma: trabajaremos por La Paz, mientras tengamos fuerza…


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